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miércoles, 10 de noviembre de 2010

VI Premio Iberoamericano en Ciencias Sociales



El plazo finaliza el 31 de mayo de 2011
VI Premio Iberoamericano en Ciencias Sociales
Con objeto de promover y fomentar el desarrollo de las Ciencias Sociales en el ámbito iberoamericano, así como la producción de investigaciones que contribuyan sustantivamente al conocimiento de lo social, el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, con el apoyo de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI), convoca a investigadores (as) y profesores (as) de Ciencias Sociales en instituciones de América Latina, España y Portugal, a la sexta edición del VI Premio Iberoamericano En Ciencias Sociales el cual se otorga cada dos años de acuerdo con las siguientes Bases
1. Se premiará un producto de investigación que haga una aportación de calidad a las Ciencias Sociales, la cual deberá reflejarse en el tratamiento original de problemas de investigación bien identificados o de reciente aparición en el ámbito de las siguientes disciplinas: sociología, ciencia política, demografía y antropología social.
2. Los trabajos participantes deberán ser artículos científicos que contengan resultados de investigación, originales e inéditos, con una extensión máxima de 35 cuartillas incluyendo cuadros, esquemas y bibliografía.
3. Podrán participar especialistas en Ciencias Sociales de instituciones de países iberoamericanos: América Latina, España y Portugal.
4. Los criterios de evaluación atenderán fundamentalmente al rigor analítico y metodológico.
5. El premio será único e indivisible, consistente en $120, 000.00 (ciento veinte mil pesos mexicanos), o su equivalente en dólares. Esta cantidad se considera como pago de los derechos de autor del artículo.
6. El artículo ganador será publicado en la Revista Mexicana de Sociología del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.
7. El jurado podrá dar menciones a otros trabajos sobresalientes.
8. Los trabajos deberán ser presentados en español.
9. Cada participante podrá presentar un solo trabajo.
10. Se puede presentar trabajos en coautoría por no más de dos personas.
11. Los participantes deberán entregar los siguientes documentos:
• El trabajo escrito en español, que podrá acompañarse de su versión en portugués, si es el caso.
• Los trabajos participantes deberán estar escritos en hojas tamaño carta (8.5 x 11 pulgs.) de 1 800 caracteres (incluyendo espacios), o 22 líneas de 80 caracteres (incluyendo espacios), por una sola cara, a doble espacio, y engargolados o empastados. Deberán entregarse en original y cuatro copias.
• Deberá añadirse un resumen del trabajo, de un máximo de tres páginas, donde se indique cuáles son sus aportaciones y en qué consiste su originalidad.
• La carátula del trabajo no deberá llevar ninguna información (nombre de autor, de institución o de cualquier entidad) que lo identifique. En cambio, deberá llevar escrito solamente el título del artículo y el seudónimo del autor(a) o autores(as).
• El autor(a), o autores(as), deberá entregar una carta en la que explícitamente se haga constar que el trabajo es inédito y que no se ha sometido a dictaminación en medios académicos.
• Adjunto al trabajo deberá entregarse dos sobres cerrados, rotulados con el seudónimo y título de la investigación, que contengan, el primero, los datos de identificación personal real (nombre, institución de adscripción, domicilio, teléfono, correo electrónico y un resumen del currículum vitae) y el segundo, una constancia de su adscripción institucional.
12. Los sobres del trabajo ganador serán abiertos por el jurado, una vez terminada la evaluación correspondiente. Los sobres cerrados restantes serán destruidos.
13. La fecha límite de recepción de trabajos es el 31 de mayo del 2011, a las 14:30 horas o con sello de correo que tenga como límite de envío esta fecha.
14. Los trabajos deberán ser remitidos a la siguiente persona: Dr. Hubert Carton de Grammont, Secretario Académico, Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, Premio Iberoamericano en Ciencias Sociales, Circuito Mario de la Cueva S/N, Ciudad Universitaria, Coyoacán, 04510 México, D. F., México.
15. El jurado estará integrado por siete especialistas en Ciencias Sociales, de prestigiadas instituciones. Su decisión será inapelable.
16. El premio puede declararse desierto.
17. No podrán participar en este Premio los integrantes del personal académico del Instituto convocante.
18. La decisión del jurado se hará pública el 31 de octubre de 2011 en la página Web del Instituto (http://www.iis.unam.mx/). Se informará de manera directa sólo a quien gane el premio.
19. Los materiales enviados serán devueltos sólo si son recogidos personalmente o con carta poder en la sede del Instituto convocante, en los siguientes 30 días hábiles después de que se haga público el veredicto del jurado. Los documentos que no se recojan durante ese periodo serán destruidos.
20. Quienes participen en el certamen aceptan someterse a las disposiciones establecidas en las presentes bases.
21. Cualquier caso no previsto por esta Convocatoria será resuelto por el jurado.
Para mayores informes: Secretaría Académica del Instituto, tels. 56-65-40-68 y 56-22-73-70 o e-mail: sacadiis@servidor.unam.mx

lunes, 8 de noviembre de 2010

Confianza. Un patrón emergente de desarrollo y mejora de la escuela



Síntesis: Este artículo señala que una característica fundamental de los centros que desarrollan procesos de innovación, concretamente de aquellos que consiguen articular procesos de desarrollo y mejora institucional a lo largo del tiempo, es que parecen configurarse en torno a lo que llamaremos aquí una lógica de la confianza. Nuestro propósito será develar los diferentes caminos por los que se consigue articular esa lógica, para lo cual nos apoyaremos en una investigación de estudio de caso múltiple en la que participaron diez centros reconocidos como innovadores en su comunidad. Algunos de los resultados más relevantes de dicha investigación, así como la metodología utilizada para llegar hasta ellos, serán descritos en el trabajo y discutidos a la luz de la literatura sobre la confianza en las organizaciones, los procesos de aprendizaje y conocimiento institucionales generados por las comunidades de práctica y la innovación en las organizaciones educativas. Intentaremos demostrar que la confianza es un constructo adecuado para comprender el alcance, así como las limitaciones, de los procesos de innovación hallados en los centros de nuestro estudio.
Palabras clave: confianza; mejora de la escuela; comunidades de práctica; sostenibilidad.
Confiança. Um padrão emergente de desenvolvimento e melhoria da escola
Síntesis: Este artigo assinala que uma característica fundamental dos centros que desenvolvem processos de inovação, concretamente aqueles que conseguem articular processos de desenvolvimento e melhoria institucional ao longo do tempo, é que parecem configurar-se em torno ao que chamaremos aqui uma lógica da confiança. Nosso propósito será desvelar os diferentes caminhos pelos quais se consegue articular essa lógica, para o qual nos apoiaremos em uma pesquisa de estudo de caso múltiplo em que participaram dez centros reconhecidos como inovadores em sua comunidade. Alguns dos resultados mais relevantes desta pesquisa, assim como a metodologia utilizada para chegar até eles, serão descritos no trabalho e discutidos à luz da literatura sobre a confiança nas organizações, os processos de aprendizagem e os conhecimentos institucionais gerados pelas comunidades de prática e a inovação nas organizações educativas. Tentaremos demonstrar que a confiança é um cons¬tructo adequado para se compreender o alcance, assim como as limi¬tações dos processos de inovação encontrados nos centros de nosso estudo.
Palavras-chave: confiança; melhoria da escola; comunidades de prática; sustentabilidade.
Trust: an emergent pattern of school development and improvement
Abstract: This article points out that a fundamental trait of the schools that develop innovation processes, specifically those that achieve coordination between development and long term institutional improvement, is that they seem to be based on what we will hereon call «logics of trust». Our goal is to unveil different roads that lead to these logics. With this purpose, we will resort to a multiple case study in which participated ten schools acknowleged for being innovative among their communities. In this paper we will describe some of the most relevant results produced by the above mentioned research along with the methodology used. We will also discuss them considering the literature about the following items: trust in organizations; learning processes and institutional knowledge produced by communities of practices; and innovation in educative organizations. We will try to prove that trust is an appropriate construct to understand the scope and the limitations of the innovation processes found in the schools of our research.
Keywords: trust; school improvement; communities of practice; sustainability.
1. Hacia una perspectiva comunitaria de la mejora escolar
La teoría de la organización ha estado explorando en los últimos años diferentes fórmulas conceptuales para lograr una adecuada comprensión de la acción colectiva o social en las organizaciones. Era esta, sin duda, una deuda intelectual de una disciplina marcada, prácticamente desde sus inicios, por las perspectivas racionalistas y burocráticas que enfatizaban la acción individual de los líderes, la planificación y el control formal. Desde las perspectivas actuales, sin embargo, las organizaciones se contemplan:
• Como culturas (p. ej. Maslowski, 2006, pp. 6-35); esto es, como universos de significados en alguna medida compartidos en el interior de redes sociales que, además, están inevitablemente atravesadas por relaciones de poder.
• Como sistemas de actividad (Engeström, 2007, pp. 41-54) que generan aprendizaje y conocimiento genuinamente sociales (Spender, 1996a, pp. 45-62; 1996b, pp. 63-78; Araujo, 1998, pp. 317-336; Cook y Yanow, 1999; Easterby-Smith y Araujo, 1999, pp. 1-21; Tsoukas, 2002; Clegg, Kornberger y Rhodes, 2005, pp. 147-167). La metáfora del aprendizaje organizativo sugiere que el aprendizaje humano es indisociable de la práctica social donde se desarrolla. Por tanto, en todos los procesos organizativos hay aprendizaje (Leithwood, Jantzi y Steinbach, 1998, pp. 67-90). Aprendemos haciendo con otros y esa actividad genera un conocimiento inscrito en la forma que adoptan esas prácticas, así como las rutinas y herramientas de las que se valen (Gherardi, 2000, pp. 211-223; 2001, pp. 131-139; 2006; Gherardi y Nicolini, 2003, pp. 35-60; Nicolini, Gherardi y Yanow, 2003, pp. 3-31).

• Como comunidades de práctica (Wenger, 1998; Strike, 2000, pp. 617-642; Furman, 2004, pp. 215-235; Stoll y otros, 2006, pp. 221-258). Como plantea Wenger (1998, p. 273), las comunidades organizan y estructuran el aprendizaje de los sujetos, por lo que ya no es posible concebirlo como un fenómeno que reside exclusivamente en las mentes de estos. Además, el aprendizaje no tiene que ver solo con conocimientos codificados o habilidades, sino también con la construcción de la identidad. Tanto los individuos como las organizaciones aprenden a ser al mismo tiempo que a hacer.
Muchas de las nuevas ideas mantienen una fuerte relación con la imagen de la organización como comunidad (Voulalas y Sharpe, 2005, pp. 187-208; Stoll y otros, 2006, pp. 221-258), no hasta el punto de sustituir organización por comunidad como planteó Sergiovanni (1993), pero sí hasta el de transformar nuestras concepciones sobre los procesos organizativos: el liderazgo, la colaboración docente, el aprendizaje, el desarrollo profesional o los procesos de cambio (Louis, 1994, pp. 1-22). Muchos autores han utilizado el concepto de comunidad como una síntesis útil de los atributos que deben estar presentes en las escuelas: diálogo profesional (Muijs y otros, 2004, pp. 149-175); prácticas desprivatizadas y por tanto abiertas al análisis; colaboración docente; foco sobre el aprendizaje de los estudiantes; responsabilidad colectiva sobre la mejora de la escuela; procesos activos de socialización de los nuevos docentes (Bryk, Camburn y Louis, 1999, pp. 751-781); participación en relaciones significativas; pensamientos compartidos; preocupación por las perspectivas individuales y de las minorías (Westheimer, 1999, pp. 71-105); capacidad de aprendizaje colectivo (Day, Hadfield y Kellow, 2002, pp. 19-22).
Pero una comunidad no se puede construir sin su tejido social atravesado por la confianza. Podremos tener un grupo, un colectivo o incluso una organización formalmente establecida, pero una comunidad o, si se prefiere, una organización funcionando como una comunidad solo es posible en la medida en que la confianza se haya convertido en una propiedad de la organización misma.
Varios autores han destacado los efectos beneficiosos de la confianza cuando esta se instala en la organización como una propiedad de la dinámica institucional. Para Louis y otros (2009, pp. 157-180) el nivel de confianza entre los miembros de la organización afecta a la manera en que estos dan sentido a las iniciativas de cambio, tanto internas como externas, por lo que, de este modo, contribuye a facilitar esas iniciativas, o bien a dificultarlas. Además, proporciona el sentimiento de seguridad necesario tanto para analizar y cuestionar las viejas prácticas como para asumir los riesgos que comportan las nuevas. Para Tschannen-Moran y Hoy (1998) el principal producto de la confianza es la capacidad organizativa para asumir riesgos. Por tanto, en un entorno de creciente exigencia social hacia las escuelas, los docentes necesitan construir confianza para crear comunidades profesionales de práctica que logren sostener procesos de mejora.
Sin embargo, precisamente por su ubicuidad –cuando está presente lo está en todas partes, pero solo la notamos cuando nos falta– y por la variedad de ámbitos de la actividad humana a los que está asociada, se trata de un concepto realmente difícil de delimitar (Louis, 2007, pp. 1-24; Samier, 2010, pp. 4-12). Por un lado, es un fenómeno que se experimenta psicológicamente (Kramer, 1999, pp. 569-598; Beatty y Brew, 2004, pp. 329-355; Bolton y English, 2010, pp. 29-42) en forma de expectativas (Luhmann, 1979; Schmidt, 2010, pp. 43-58) de dos tipos. En primer lugar, la confianza faculta a los individuos para esperar alcanzar determinados logros que consideran positivos. En segundo lugar, implica el reconocimiento de nuestra dependencia respecto a otros individuos y, asociada a ello, la creencia de que estos no aprovecharán esa dependencia para lograr intereses particulares que vayan en contra de los nuestros (Louis y otros, 2009, pp. 157-180). Lo que esta segunda versión de la confianza espera es que el comportamiento de los otros sea benévolo, fiable, competente, honesto y abierto (Tschannen-Moran y Hoy, 2000, pp. 552-555). En español tenemos el mismo vocablo para ambos conceptos, mientras que en inglés hay dos: confidence, que expresaría el primero de los dos significados, y trust, que expresaría el segundo (Hargreaves y Fink, 2007, pp. 46-64).
Pero por otro lado, esa expectativa se traduce en una acción o, si se prefiere, en una conducta del sujeto que confía o bien desconfía. Y es precisamente aquí donde el fenómeno adquiere una dimensión netamente social, dado que esa acción se va a convertir en desencadenante de las expectativas y, por lo tanto, de la conducta de los que nos rodean. En consecuencia, a partir de la interrelación entre las expectativas de diversos individuos, junto con las acciones individuales derivadas de ellas, emerge un fenómeno de un orden lógico superior –como diría Bateson (1991)– al que también llamamos confianza y que constituye una propiedad del sistema social; en el caso que nos interesa, del sistema social de una organización. Como plantean Tschannen-Moran y Hoy (2000, pp. 547-593), la confianza es un fenómeno dinámico que opera sistémicamente en y a través de los niveles individual, grupal y organizativo.
Pues bien, el propósito de este artículo es explorar las posibilidades analíticas del concepto de confianza para ayudarnos a entender la manera en que se sostienen los procesos de cambio y mejora en organizaciones complejas como las educativas y, más concretamente, en las comunidades de práctica que se configuran en algunas de estas organizaciones. El artículo está basado en una investigación acerca de las bases institucionales sobre las que determinadas escuelas están construyendo trayectorias sostenidas y sostenibles de cambio y desarrollo. Participaron en ella cinco centros de educación primaria, cuatro de enseñanza secundaria y un centro específico de educación especial, repartidos en las provincias de Sevilla (5) y Gran Canaria (5). Los centros fueron seleccionados en los inicios del curso académico 2007-2008 con la ayuda de los asesores de los centros de profesorado de Sevilla y Alcalá de Guadaíra (en la provincia de Sevilla) y del centro de profesores de Telde (en Gran Canaria). En concreto, les pedimos a los asesores que identificaran centros en los que se hubiera consolidado una dinámica de transformaciones y de innovación. El énfasis se puso en la continuidad de esa dinámica antes que en la radicalidad, la escala o la profundidad de los cambios que estuvieran desarrollando.
Las características de los centros, así como una descripción más detallada del proceso de investigación y sus conclusiones, pueden verse en un número monográfico de la revista Profesorado dedicado a la investigación sobre investigación educativa en nuestro país (Altopiedi y López Jiménez, 2010, pp. 29-45; Altopiedi y Murillo Estepa, 2010, pp. 47-70; López Yáñez, 2010, pp. 9-28; López Yáñez y Lavié Martínez, 2010, pp. 71-92; Sánchez Moreno y López Yáñez, 2010, pp. 93-110). Entre esas características destaca la de que nueve de los diez centros participantes estuvieran situados en entornos difíciles y en clara desventaja social.
La metodología de este proyecto se basó en estrategias etnográficas, tales como entrevistas en profundidad, observación participante y no-participante, fotografía, narraciones, registros biográficos de los participantes y registros informales de información. Se realizaron un total de 148 entrevistas, la mayor parte dirigidas a docentes y directivos de los centros, aunque también fueron entrevistados asesores de los centros de profesorado, inspectores, ex-docentes del centro, madres o padres de alumnos, estudiantes de magisterio en prácticas, orientadores y personal de administración y servicios (pas) de los centros participantes. Para ello se utilizaron tres tipos de guiones semiestructurados, elaborados por el equipo de investigación y dirigidos específicamente a miembros del equipo directivo, agentes internos o miembros del centro con una relación contractual con él y agentes externos (padres, inspectores, asesores cep, etcétera).
Todas las entrevistas fueron grabadas en audio y a continuación transcritas. Luego se estableció un sistema de códigos y a partir de él tres investigadores miembros del equipo realizaron un proceso de acuerdo entre observadores a lo largo del cual y de manera paralela el sistema de códigos se fue refinando hasta obtener la versión definitiva. Una vez conseguido el acuerdo, todo el material narrativo recogido fue codificado y analizado mediante el programa Maxqda de análisis de datos cualitativos mediante el ordenador.
2. Vulnerables, pero sólidas y fiables
A medida que la literatura profundiza en el tema de la confianza se hace más patente la necesidad de comprender el mecanismo y los componentes del proceso que lleva a algunas organizaciones a construir confianza. En este sentido, una idea muy productiva es la que vincula la confianza a la percepción de vulnerabilidad que las organizaciones tienden a acentuar (Tschannen-Moran y Hoy, 1998, pp. 334-352; Bryk y Schneider, 2002; Samier, 2010, pp. 4-12).
En efecto, las relaciones asimétricas características de todas las organizaciones –en diferentes sentidos: jerárquico, intelectual, social, incluso económico– implican la posibilidad para cualquiera de los actores de percibirse en muchas ocasiones en una situación de inferioridad respecto a otros. Además, dada la variedad de fuentes de poder disponibles para influir unos sobre otros, esa vulnerabilidad aparecerá, como plantean Bryk y Schneider (2002, pp. 26-27), incluso en las organizaciones donde la distribución del poder es relativamente simétrica.
Por tanto, la vulnerabilidad es una condición para que el proceso de construcción de la confianza se active. Al contrario de lo que parecen sugerir Vangen y Huxham (2003, pp. 5-31) cuando afirman que la ambigüedad y la complejidad pueden actuar como barreras para el establecimiento de la confianza, son precisamente las condiciones de riesgo e incertidumbre las que pueden desencadenar un proceso de construcción de confianza en el sistema social. Tales condiciones no garantizan que la construcción se lleve a cabo, sin embargo, crean la necesidad de confianza. En un entorno previsible la confianza no es necesaria, precisamente porque no hay riesgos que asumir. Las estructuras formales toman el control y los objetivos se cumplirán independientemente de la confianza que las partes tengan depositadas unas en otras. Como afirman Tschannen-Moran y Hoy (1998, p. 337): Where there is no vulnerability there is no need for trust1.
Pues bien, la vulnerabilidad de la organización se acentúa cuando esta se sitúa en contextos desfavorecidos, como era el caso de nueve de las diez escuelas participantes en nuestra investigación. Quizás porque la mejora en ellas es más compleja y requiere especiales condiciones (Harris y otros, 2006) es que en los últimos años ha ido apareciendo una abundante literatura que se ha interesado por el asunto (Myers y Stoll, 1998; Gray, 2001, pp. 1-39; Datnow, Hubbard y Mehan, 2003; Muijs y otros, 2004, pp. 149-175; Harris, 2006, pp. 9-18; Reynolds y otros, 2006, pp. 425-439). Por tanto, los problemas de este tipo de centros educativos están bien documentados y son similares en diferentes sistemas educativos: dificultad para conseguir el apoyo de la comunidad educativa; alumnos que exigen una gran atención y dedicación (difíciles); alta rotación del profesorado; en ocasiones, un entorno físico depauperado, y más alumnos en la categoría de necesidades educativas especiales que las demás escuelas (Harris y otros, 2006).
Probablemente por la dureza de estas condiciones y el peligro constante de desestabilización, en muchos de los centros analizados encontramos una prioridad reconocible hacia las relaciones y el clima de centro que se concretaba en: procesos participativos de toma de decisiones; relaciones deliberadamente construidas de apoyo mutuo y colegialidad; socialización de los nuevos miembros, y accesibilidad de los equipos directivos.
Precisamente una de las circunstancias que más pone en peligro la dinámica comunitaria es la alta rotación en la plantilla del profesorado que experimentan estos centros cada curso escolar. Además, en los centros situados en contextos difíciles la rotación del profesorado es mucho mayor que en el resto. En este sentido la presencia de la lógica de la confianza se revela como un dispositivo fundamental para minimizar el impacto disruptivo de la diversidad y convertirla en una oportunidad para la mejora. La confianza funciona aquí como una especie de «pista de aterrizaje» de la diversidad, donde esta puede ser integrada en el modo de funcionamiento y la cultura ya existentes.
En particular, pudimos observar que la presencia de fuertes culturas organizativas en estos centros no establecía fronteras entre un ellos y un nosotros que dificultara la integración de los nuevos miembros en la dinámica social. Las opiniones disonantes podían expresarse sin temor a castigos o represalias. Por tanto, estas escuelas aparecen como comunidades de diferencias (Shields y Seltzer, 1997, pp. 413-439; Strike, 2000, pp. 617-642) basadas «[...] en la ética de la aceptación del otro con respeto, justicia y aprecio y de la cooperación pacífica dentro de la diferencia» (Furman, 1998, p. 312).
Por otro lado, los centros analizados evitaron identificar los procesos de cambio que implementaban con alguna teoría o ideología pedagógica y/o política en particular. Más bien buscaban los argumentos para apoyar los cambios en la trayectoria del centro y en la auto-exigencia de ayudar al desarrollo de su comunidad de referencia. De este modo trataban de reunir en torno a los proyectos y procesos de cambio tanto consenso como fuera posible, cerrando así la puerta a una oposición potencial que podría haberse hecho fuerte utilizando argumentos ideológicos enfrentados.
Por tanto, podemos afirmar que el sentimiento de vulnerabilidad servía en estos casos para la construcción de culturas del cuidado (Furman, 2004, pp. 215-235; Day y Schmidt, 2007, pp. 65-86) o bien comunidades de ayuda (caring communities) (Pouravood, 1997, pp. 57-64). Dicho de otro modo, culturas donde la gente se siente valorada y respetada; culturas que reconocen la autonomía y la identidad individual, el interés común, la confianza y la pertenencia, la asunción de riesgos y la construcción de significados de manera colegiada. En estos entornos, la fiabilidad –trustworthiness– (Coleman, 1988), en tanto que propiedad de la red social de la organización, aparece como su principal capital social (Tschannen-Moran, 2001, pp. 308-331; Schmidt, 2010, pp. 43-58).
3. Comunidades de aprendizaje: el lugar donde se construye la confianza
Una vez que la vulnerabilidad crea la necesidad de la confianza se necesita un lugar para desarrollarla. Ese lugar no es físico sino más bien un ámbito de intercambios sociales que adquiere identidad propia en torno a una actividad concreta. Ese lugar es, en síntesis, una comunidad de prácticas donde la agencia colectiva se despliega y produce conocimiento.
En varias de las escuelas participantes en nuestra investigación pudimos distinguir las características que la literatura especializada reconoce en las comunidades de práctica: un funcionamiento organizativo alejado de los patrones jerárquicos y burocráticos y cercano a patrones deliberativos y de comunicación en red; colaboración generalizada; esquemas de socialización de los nuevos miembros; asesoramiento mutuo entre los docentes con una especial implicación del equipo directivo; enseñanza en equipo; una importante actividad de análisis y reflexión en torno a la mejora de la escuela, y prácticas de liderazgo distribuido, entre otras (Tschannen-Moran y Hoy, 2000, pp. 547-593).
Estas escuelas estaban constituidas por ideas, valores y significados que, compartidos en su conjunto por amplios sectores de la comunidad educativa, enfatizaban habitualmente la convivencia, el tratamiento comunitario y negociado de los conflictos, la participación, la inclusión, así como la profesionalidad y el compromiso de los docentes. Las escuelas eran pensadas por sus docentes como proyecto colectivo. Esta visión, extendida a los estudiantes y a sus familias a través de una red de símbolos, prácticas discursivas, curriculares y extra-escolares ha consolidado, en mayor o menor medida y en la mayoría de los casos estudiados, un sentimiento de afiliación o pertenencia compartido por la comunidad educativa. Encontramos que dichas culturas cohesionadas proporcionaban a la comunidad escolar la confianza y seguridad necesarias para emprender iniciativas, para asumir riesgos, para acomodar las normas a las nuevas ideas –no al contrario– al tiempo que favorecía el espíritu de búsqueda y descubrimiento.
Analizando a fondo los patrones de funcionamiento organizativo responsables de estas características encontramos, en primer lugar, una gran variedad de proyectos y actividades de mejora que requieren: a) un diálogo profesional permanente entre los docentes (al igual que aparecía, por ejemplo, en Kruse, 2001, pp. 359-383; Harris y Muijs, 2005), y b) una serie de estructuras orientadas al trabajo colaborativo y en red.
En efecto, la variedad de proyectos en los que estos centros participaban fue una de las primeras características que llamaron la atención del equipo de investigación. Aún más por cuanto el elevado número de estos no impedía que, por lo general, uno de ellos se convirtiera en el eje conductor de las actividades de mejora y, al mismo tiempo, en una especie de marca de identidad del centro ante la comunidad educativa en general. Esto es, dicho proyecto central actuaba como depositario de la filosofía educativa del centro y constituía el paraguas bajo el cual se desarrollaban las demás iniciativas y proyectos. El Miramontes es un buen ejemplo de ello. Este centro ha conseguido un grado importante de integración de su cultura organizativa gracias especialmente a su proyecto insignia, el de «Tutorías afectivas», que se ha convertido en un verdadero emblema del centro y un aglutinador ideológico a través de las sesiones de formación y de socialización en el proyecto por las que pasan los docentes que se incorporan a él.
Sin embargo, los otros proyectos más modestos cumplían un papel no menos importante, precisamente en la articulación de la comunidad de prácticas que requiere un esfuerzo sostenido de mejora. Mediante dichos proyectos la comunidad educativa se daba: a) un motivo para colaborar; b) la oportunidad para crear una compleja arquitectura de roles de responsabilidad que reclama una participación incesante y una distribución masiva de la toma de decisiones y el control; así como, no menos importante, c) la creación de una imagen de fiabilidad hacia la propia administración y la comunidad educativa en general. En definitiva, esta peculiar configuración de la actividad de mejora, con un proyecto central que representa la identidad del centro y da una impronta ideológica y visionaria a la comunidad, combinado con proyectos más modestos pero que sirven para articular una masiva y compleja red de actividades e iniciativas parece, por su presencia constante en nuestros registros, una fórmula exitosa.
Pero lo más importante desde mi punto de vista es que toda esta actividad –que además necesita ser coordinada, integrada, analizada, compartida, etc.– crea de facto una comunidad, con independencia de los beneficios adicionales que pueda aportar en términos de mejora real de las prácticas docentes y el aprendizaje de los estudiantes.
A partir de aquí, la confianza –al igual que la desconfianza– se desarrolla como un patrón emergente: pequeños gestos o señales en una dirección vendrán seguidos de cada vez menos pequeños gestos y señales en esa misma dirección. Funciona, por tanto, como un heurístico en las elecciones sociales, es decir, como un mecanismo que permite a los participantes «podar» el árbol de sus opciones de conducta. Dicho de otro modo: proporciona una guía a los participantes para las relaciones sociales, eliminando determinadas expectativas (por ejemplo, sospecha, traición, susceptibilidad) y dando así más espacio a otras (en ese caso: apertura, honestidad, coherencia, etcétera).
Así pues, su carácter sistémico implica que una vez establecida como una característica organizativa tenderá a presidir todas las acciones y relaciones, individuales o interpersonales. Ahora bien, que este ciclo se auto-sostenga requiere, y a la vez produce, un contexto donde la gente pueda trabajar de manera cooperativa y una cultura de la colaboración (Tschannen-Moran y Hoy, 2000, pp. 547-593). Veamos qué disposiciones organizativas contribuían a conformar la espiral de la confianza.
4. La construcción de la confianza como una práctica discursiva
Un importante soporte de los procesos de cambio en los centros analizados fue identificado en las narrativas o discursos comúnmente utilizados acerca del entorno desfavorecido de la escuela y acerca del gran valor que representa enseñar en circunstancias difíciles. No en vano nueve de las diez instituciones educativas analizadas estaban situadas en entornos socio-culturalmente deprimidos. Esas narrativas formaban parte de la identidad de la escuela y enfatizaban la obligación, en especial de los docentes, de proteger el legado de los fundadores de las trayectorias de innovación. También resaltaban la importancia del compromiso de los docentes con el desarrollo social de la comunidad. De este modo, encontramos que el conocimiento organizativo había transformado de manera muy perspicaz las dificultades en posibilidades, con la ayuda de estos discursos que creaban condiciones para la cohesión del profesorado y la creación de un fuerte sentido de identidad.
Como plantea Boje (1991, pp. 106-126), la gente da sentido a su vida en las organizaciones a través de historias en las que, al mismo tiempo, se expresan el sujeto y el sistema social en el que este participa. Las historias juegan un papel muy importante de creación de orden institucional, en tanto conectan a la organización con los acontecimientos pasados y, por tanto, con las soluciones ensayadas, de tal manera que ayudan a ordenar los problemas del presente, a darles sentido y a hacerlos más abordables (Brown y Duguid, 1991, pp. 40-57; Boland y Tenkasi, 1995, pp. 350-372; Spillane y Diamond, 2007). Además, contribuyen a definir y matizar los roles que necesita la organización y a definir el tono de las relaciones entre los miembros de la comunidad (Scribner y otros, 1999, pp. 130-160).
En definitiva, la construcción de la confianza en las organizaciones descansa fundamentalmente en este flujo narrativo compuesto de referencias sistemáticas a los éxitos y los fracasos del pasado, leyendas, mitos, apelaciones a la identidad del centro, etc. Esta actividad ha sido denominada por algunos autores sensemaking, es decir, dar o atribuir sentido (a los acontecimientos) (Boje, 1991, pp. 106-126; Kezar y Eckel, 2002, pp. 295-328; Louis y otros, 2009, pp. 157-180); o bien sencillamente storytelling, narrar historias (Brown, Gabriel y Gherardi, 2009, pp. 323–333). En todo caso, contar historias y atribuirles sentido forma parte del mismo proceso de intercambiar experiencias y aprender junto a otros de esas experiencias. Se trata de un proceso que ocurre de manera tácita la mayor parte de las veces y crea significados que se incorporan, en la medida en que son reiterados, a la cultura organizativa. Es, por tanto, un proceso genuinamente social, aunque no necesariamente reflexivo o realizado en profundidad.
5. Una práctica difusa y emergente de la innovación
Otro rasgo importante tiene que ver con el modo en que se articulan esas prácticas. La innovación aparece en la mayoría de los centros estudiados como una actividad emergente o natural, que se desarrolla por contagio y por ensayo-error, y sometida a un control difuso, en contraposición a un desarrollo racional, dirigido y sometido a un estrecho control. El profesorado se implica en los proyectos de manera voluntaria y, por lo general, con grandes dosis de autonomía. Los proyectos funcionan más bien como una convocatoria de ideas e iniciativas innovadoras en lugar de como una estructura rígida para ser seguida. Estas iniciativas, con la contribución decisiva del coordinador, pueden ser luego extendidas, ampliadas, reconfiguradas o abandonadas en el curso de su desarrollo. En todo caso, se trata de un desarrollo que contempla una gran variedad de contextos profesionales para la discusión y el trabajo con ellas: contextos de pequeños grupos afines, por ciclo, nivel, departamento o cualquier otra modalidad que parezca adecuada en cada momento. Precisamente, los profesores que adoptaban el papel de coordinador de un proyecto actuaban más como productores y proveedores de ideas y de materiales didácticos a sus compañeros, que como jefes de proyecto en sentido estricto.
Hay bastantes evidencias de un cambio similar en las organizaciones empresariales e industriales hacia diseños organizativos descentralizados, emergentes y adhocráticos. En estos diseños la negociación se convierte en el principal mecanismo de coordinación. Se requieren especialmente cuando el objeto de la actividad no es estable, resiste los intentos de control y estandarización y exige una rápida integración de expertise (pericia, conocimientos) proveniente de diferentes contextos o tradiciones (Engeström, 2007, pp. 41-54).
Por otro lado, este flujo de trabajo en donde muchas pequeñas cosas están sucediendo en diferentes lugares, a menudo sin una detallada planificación previa y a partir de iniciativas de un reducido número de personas, requiere un liderazgo ampliamente distribuido (Spillane, 2006) y que, como hemos puesto de manifiesto, en muchos de nuestros casos descansaba en una compleja arquitectura de grupos de trabajo e instancias de coordinación (Altopiedi y López Jiménez, 2010, pp. 29-45; Altopiedi y Murillo Estepa, 2010, pp. 47-70; Sánchez Moreno y López Yáñez, 2010, pp. 93-110) en donde el equipo directivo es un elemento más, aunque de suma importancia. Esto es lo que Gronn (2000, pp. 317-338) denomina un liderazgo que fluye alrededor de la gente, que está presente en el flujo de actividades. Se trata de un liderazgo intuitivo, asumido más que entregado, compartido de manera orgánica, en función de las oportunidades que proporcionan las tareas cotidianas, e inserto en la cultura institucional. Se expresa en las actividades, más que en las funciones, y no necesita una distribución planeada.
En efecto, los equipos directivos compartían su poder con muchos otros agentes que asumían diferentes responsabilidades dentro de una compleja estructura de roles necesaria para asegurar la coordinación y el desarrollo de los proyectos. Algunos líderes informales apoyaban a los formales cuando las circunstancias lo requerían, constituyendo algo parecido a un segundo nivel de dirección en la sombra, en sintonía con el primero. En suma, los líderes escolares fortalecían el liderazgo de los profesores hasta el punto de propiciar altos niveles de autonomía y de colaboración entre ellos. Por otro lado, ningún estilo específico de liderazgo se pudo establecer como claramente dominante. Los líderes de estos centros escolares utilizaban alternativamente diversas fuentes de poder, tratando de adaptar sus pautas de influencia a contextos cambiantes (cfr. similares conclusiones en Maden y Hillman, 1993; Harris y Chapman, 2001; Ainscow y West, 2006).
6. De la mejora a la innovación: el lado peligroso de las comunidades de aprendizaje
Como hemos visto hasta aquí, las comunidades de práctica pueden ser un lugar adecuado para la mejora sostenida ya que tienen más posibilidades para desarrollar la lógica de la confianza que se necesita para ello. Pero ¿son igualmente capaces de transformaciones radicales, de innovaciones propiamente dichas? Algunos autores lo ponen en duda.
Para Fuller (2007, pp. 17-29) hay algo inherentemente conservador en la noción de participación en tanto se alinea con la conti¬nuidad y la reproducción más que con la discontinuidad y la transformación. Engeström (2007, pp. 41-54) piensa de manera similar. Sugiere que el tipo de aprendizaje asociado a la metáfora de la participación es de primer orden, esto es, relacionado básicamente con la imitación y la socialización. Por el contrario, el aprendizaje que produce innovación es el que trata de resolver las contradicciones emergentes y requiere un aprendizaje de segundo orden o indagador. Precisamente las comunidades de práctica, al suavizar las relaciones con su tendencia a la armonía y la estabilidad, evitan las crisis y con ello eliminan uno de los motores más poderosos de la innovación. Kruse y Louis (1997, pp. 261-289), además, advierten que los grupos se pueden convertir en un fin en sí mismos, algo así como un refugio ante la hostilidad de determinados entornos, y que hay que imprimir un impulso deliberado para orientarlos hacia lo que verdaderamente importa: el aprendizaje y la enseñanza.
Efectivamente, la naturaleza de la innovación observada en los casos de nuestro estudio no tenía tanto que ver con cambios radicales o espectaculares como con una ampliamente extendida red de modestos cambios en cuya elaboración la mayoría del profesorado participaba. No obstante, en todos los casos se reconocía que esos cambios modestos habían transformado notablemente al centro respecto de cómo lo recordaban los veteranos del lugar.
En definitiva, el carácter innovador de estos centros no consistía tanto en la realización de una aportación verdaderamente original y remarcable a las prácticas escolares, sino más bien en la alta implicación del profesorado en el trabajo pedagógico y en el compromiso activo de este con el centro y su comunidad, los cuales implicaban una dinámica permanente de transformaciones. Se trataba esencialmente de centros comprometidos, activos, trabajadores y con una gran disposición para emprender nuevos proyectos e iniciativas.
Puede ser, por tanto, que fueran centros verdaderamente innovadores, esto es, que hubieran hecho una aportación original y remarcable a las prácticas escolares. Sin embargo, esto no oscurecía otro hecho igualmente evidente en nuestros datos: en todos aparecía una alta implicación del profesorado en el trabajo pedagógico y un compromiso activo de este con el centro y su comunidad. Por tanto, se trataba de centros comprometidos, activos, trabajadores y con una gran disposición para emprender nuevos proyectos e iniciativas.
Por otro lado, es verdad que el énfasis puesto en la autonomía de los profesores permite que florezca una gran variedad de nuevas prácticas de enseñanza al amparo de los diferentes proyectos, pero también preserva, en buena medida, la privacidad del espacio de la clase, lo cual impide en ocasiones una transformación profunda de las prácticas de enseñanza-aprendizaje. El resultado es que muchos de los proyectos innovadores puestos en marcha coexisten con métodos y contenidos cercanos a la enseñanza tradicional.
Por su parte, Swan, Scarbrough y Robertson (2002, pp. 477-496) sugieren que, aunque la innovación puede ser facilitada dentro de las comunidades de práctica, los cambios radicales tienen lugar más bien en los intersticios entre diferentes comunidades, de ahí la importancia cada vez mayor que adquiere el trabajo en red de un grupo de escuelas. Las innovaciones de este tenor requieren no solo introducir nuevas prácticas, sino también desmontar las antiguas. Para ello no basta el conocimiento disponible dentro de la comunidad, sino que se requiere otro tipo de conocimiento disponible fuera de ella. También Fullan (2001) ha planteado la necesidad de establecer conexiones entre comunidades de práctica para producir innovaciones más profundas y duraderas.
7. Conclusiones. Hacia una reconceptualización del cambio institucional en las escuelas a partirde la lógica de la confianza
La gobernanza de las organizaciones posburocráticas en la sociedad del conocimiento requiere la presencia de la confianza como propiedad instalada en el tejido social de las instituciones. Las nuevas perspectivas de la gobernanza implican organizaciones donde muchas personas toman parte en la dirección, la gestión, la toma de decisiones y el control de los procesos, bajo diferentes modalidades, tanto formales como informales. Estas organizaciones necesitan la confianza para lubricar (Tschannen-Moran, 2004) la densa red de comunicaciones que establecen en su interior, así como con otras organizaciones de su entorno pero también para facilitar flujos de trabajo cada vez más descentralizados y liderazgos cada vez más distribuidos (Kramer y Cook, (2004), los cuales empiezan a aparecer no ya como una elección, sino como una condición de la posmodernidad.
Este artículo ha tratado de mostrar los elementos capaces de conformar en determinadas organizaciones una lógica de la confianza. Esta lógica es el elemento nuclear que articula las comunidades de práctica en las cuales la confianza facilita ciertos tipos de cambios, creando una sensación de seguridad que, a su vez, facilita la comunicación y la crítica, el análisis y la asunción de riesgos necesarios para tomar iniciativas. Sin embargo, estas mismas comunidades pueden requerir impulsos externos o procesos de colaboración con otras escuelas para llegar a emprender transformaciones más radicales y cambios verdaderamente innovadores.
La lógica de la confianza se construye a partir de una percepción de vulnerabilidad que se acrecienta en escuelas situadas en entornos desfavorecidos socioculturalmente, como era el caso de nueve de los diez centros que fueron analizados en la investigación que apoya nuestras conclusiones.
El proceso de construcción de la confianza es de naturaleza fundamentalmente discursiva: se apoya en historias que son narradas por personajes relevantes en la trama cultural de la organización y que resignifican los acontecimientos y problemas del presente a la luz de determinados acontecimientos del pasado. Una de las funciones más importantes de dichas historias consiste en convertir la vulnerabilidad percibida y las circunstancias difíciles de la escuela en una palanca para crear sentido de comunidad y cohesión a partir de una visión compartida.
Por otro lado, hemos comprobado que las estructuras de trabajo difusas, fluidas, descentralizadas y marcadas por un liderazgo ampliamente distribuido facilitan, y al mismo tiempo requieren, la generalización institucional de la lógica de la confianza. Las prácticas generadas por estas estructuras organizativas constituyen un genuino repositorio de conocimiento organizativo y constituyen la base fundamental que permitió a una mayoría de los centros educativos de nuestra investigación dar profundidad y anchura (Hargreaves y Fink, 2004, 2007, pp. 46-64) a procesos sostenidos de cambio que eran visibles y reconocidos por sus respectivas comunidades.
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1 «Donde no hay vulnerabilidad, no hay necesidad de confianza».
Por: Julián López Yáñez, Profesor titular en el Departamento de Didáctica y Organización Educativa,
Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Sevilla, España.

Científicos de la UNAM crean un detector de muones para el observatorio ’Pierre Auger’

Los muones son partículas con propiedades similares a las del electrón, pero con masa mayor
UNAM/DICYT Investigadores de la Uiversidad Nacional Autónoma de México (UNAM) trabajan en el diseño y construcción del detector de muones, partículas con propiedades similares a las del electrón, pero de masa mayor, que se llamará BATATA y será integrado en el Observatorio Pierre Auger, el mayor de rayos cósmicos del mundo, recientemente inaugurado en la ciudad de Malargüe, Argentina. La OEI está apoyando la creación de una red de investigación iberoamericaricana vinculada al Obsevartorio Pierre Auger con el apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo AECID.
Al respecto, el investigador del Instituto de Ciencias Nucleares (ICN) de la UNAM, Gustavo Medina-Tanco, señaló que un punto de interés astrofísico es el relativo a la física de altas energías, o de partículas elementales. Por ello, el Instituto de Geofísica (IGEF), el ICN, y el Centro de Ciencias Aplicadas y Desarrollo Tecnológico (CCADET), tienen a su cargo el diseño y construcción del detector de muones BATATA, que en 2009 será integrado al Observatorio, como parte de las ampliaciones ya aprobadas para este desarrollo tecnológico.
Los muones, explicó Medina-Tanco, son partículas que poseen propiedades similares a las del electrón, aunque su masa es mayor. El Observatorio tal y como fue diseñado, no es capaz diferenciar entre ellas con la precisión suficiente. Para romper con la ambigüedad, se debe conocer el componente muónico del chubasco de partículas; entonces, el objetivo del detector es identificarlos. “El hecho de que se aceptara este proyecto es importante, pues es la primera vez que se colocará, en el Observatorio, un detector diferente de los que fueron diseñados en el proyecto original”, subrayó.
A su vez, el investigador Juan Carlos D’Olivo Saez, indicó que en la construcción del Observatorio Pierre Auger, inaugurado en noviembre, colaboraron cerca de 400 científicos e ingenieros de 16 países del mundo; México estuvo representado por cuatro instituciones: el ICN y el IGEF de la UNAM; la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo; el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav), del Instituto Politécnico Nacional, y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
En 1996, México se integró al proyecto, y en la UNAM se desarrollaron tareas como la selección del tipo de contenedores que conformarían las unidades del detector de superficies, que permitió colaborar también en la construcción de dicho dispositivo, indicó. Asimismo, se participó, a través del investigador del ICN, Lukas Nellen Filla, en la elaboración del software del detector y, posteriormente, en el análisis de datos que ha ido acumulando el Observatorio, abundó.
En los Andes
Este desarrollo tecnológico, se encuentra en una planicie que se extiende al pie de la Cordillera de los Andes, y está construido por un conjunto de mil 600 detectores cherenkov –distribuidos en una superficie de tres mil kilómetros cuadrados–, y 24 telescopios de fluorescencia, de aproximadamente 11 metros cuadrados de área, cada uno, complementados con sistemas de monitoreo atmosférico y calibración mediante láseres, precisó. Otra participación importante, añadió, fue la difusión, donde el director del IGEF, José Valdés Galicia, estuvo al frente de la tarea de Educación y Relaciones Públicas, que consistió en dar a conocer el Observatorio, e instruir sobre la importancia de los rayos cósmicos, así como involucrar a los alumnos de los niveles medio y superior, en el estudio de este tema.
Fuente: DICYT

sábado, 6 de noviembre de 2010

¿Democratizar la Ciencia? Diálogo, reflexividad y apertura

Ana Delgado*
En el discurso político, así como en el académico, diálogo, reflexivilidad y apertura se identifican generalmente como características definitorias de la “democratización de la ciencia”.
Este artículo es una reflexión sobre cómo esas tres características se relacionan y funcionan en el discurso y en las prácticas sobre democratización de la ciencia. En esta reflexión la autora argumenta desde tres perspectivas: “Desde ahí fuera”, atendiendo a procesos políticos reales de democratización de la ciencia; “desde aquí dentro”, en perspectivas académicas; “desde allí dentro”, en la posición de un investigador involucrado en la puesta en práctica y organización de ejercicios de democratización de la ciencia. En líneas generales, se argumenta que aun
existiendo un discurso común sobre “democratización de la ciencia” (definida en términos de diálogo, apertura y reflexivilidad), las interpretaciones son múltiples y frecuentemente controvertidas. Diferentes valores y motivaciones están en la base de esta diversidad de interpretaciones. En ejercicios participativos concretos, apertura, diálogo, pluralidad,transparencia y reflexividad deberían funcionar como principios regulativos que orientan las prácticas, sin ser objetivos rígidos fijados de antemano.
Palabras clave: democratización, ciencia, diálogo, reflexivilidad, apertura
Within the political and academic discourses, dialogue, reflexivity and openness have been generally identified as defining features of ‘science democratisation’. This paper focuses on those three features and on how they work and are intervined within the discurse and practices of science democratisation. In developing these arguments, the author takes three different perspectives: “Out there”, looking at real proceses of science democratisation; “In-here”,focusing on academic approaches; “From within”, taking the position of a practitioner involved in the organisation of processes of science democratisation. In a broad sense, the paper argues that even when there is a shared discurse on science democratisation (defined in terms of dialogue, openness and reflexivity), there are multiple interpretations of it, and they are often controversial. A multiplicity of values and motivations is at the basis of differing ways of interpreting the discurse of science democratisation. In concrete practices, openness, dialogue and pluralism should work as practical regulative principles rather than rigid and predetermined goals.
Key words: democratisation, science, dialogue, reflexivity, openess * La autora es becaria posdoctoral en el Centre for the Study of the Scie ces and the Humanities de la Universidad de Bergen, Noruega. Correo electrónico: Ana.Delgado@svt.uib.no. Este artículo está basado en una clase titulada “Democratising science: dialogue, reflexivity and openess”, que tuvo lugar en la Universidad de Bergen en abril
de 2009. La autora agradece a Fern Wickson, Roger Strand y Kjetil Rommetveit por sus
comentarios sobre la primera versión de este artículo.
1. Introducción
Este artículo es una reflexión sobre la democratización de la ciencia y, en concreto,
sobre cómo se relacionan diálogo, reflexividad y apertura1 tanto en los enfoques
teóricos de los estudios sociales de ciencia y tecnología (o “estudios CTS”), como en
las prácticas actuales de participación pública en la producción de conocimiento
científico.
Me centro en estos tres elementos, diálogo, reflexividad y apertura, porque ellos han
sido usualmente presentados como características definitorias de los procesos de
democratización de la ciencia, tanto en arenas políticas, como académicas. Este
artículo es una reflexión sobre cómo esas tres características se relacionan y
funcionan en el discurso y en las prácticas sobre democratización de la ciencia. En
esta reflexión se argumenta desde tres perspectivas: “Desde ahí fuera”, atendiendo a
procesos políticos reales de democratización de la ciencia; “desde aquí dentro”, en
perspectivas académicas; “desde allí dentro”, en la posición de un investigador
involucrado en la puesta en práctica y organización de ejercicios de democratización
de la ciencia. Siendo esta la estructura general del artículo, los argumentos se
organizan del modo siguiente. A fin de lograr una mayor claridad conceptual, se
presentará una serie de definiciones provisionales -creadas por la propia autora- sobre reflexividad, diálogo y apertura. Después de esto, el artículo seguirá la siguiente estructura. En primer lugar, proporcionaré una descripción general de las arenas políticas en las que la democratización de la ciencia está ocurriendo en la actualidad.
A este respecto, subrayaré que la misma definición de ‘democratización de la ciencia’
es una de la cuestiones en disputa en esas arenas. A continuación, introduciré tres
enfoques teóricos en los que diálogo, reflexividad y apertura son presentados como
características definitorias de la democratización de la ciencia. Argumentaré que bajo cada uno de estos enfoques, esos ideales sobre la democratización de la ciencia se interpretan de forma diferente. Para ilustrar este punto, utilizaré un caso
paradigmático, el “GM Nation Debate” (debate nacional sobre organismos genéticamente modificados en el Reino Unido). Finalmente, usando el mismo ejemplo,presentaré una serie de dilemas que aparecen cuando la democratización de la ciencia se pone en práctica siguiendo ideales de diálogo, apertura y reflexividad.
2. A modo provisional: definiciones de diálogo, reflexividad y apertura• Apertura: viene normalmente asociada a la idea de pluralidad (o la inclusión de una
pluralidad de puntos de vista). En teoría, inclusión y pluralidad deberían facilitar el emerger de nuevas ideas, argumentos y significados, así como el descubrimiento
de valores implícitos. Usualmente se asocia a la transparencia y también puede
relacionarse con la creatividad.
• Reflexividad: es un concepto central de la teoría social crítica. Se puede interpretar como conciencia crítica, conciencia de la situación/contexto o conciencia de las ideas propias y de las implicaciones prácticas de esas ideas. De este modo, siendo el diálogo una actividad intersubjetiva, debería facilitar la reflexividad.
Diálogo: en asuntos de ciencia y tecnología, los ejercicios de participación pública han sido muchas veces in-formados por teorías de democracia deliberativa. El
diálogo directo aparece como la forma ideal de la relación entre expertos,ciudadanos y políticos. La apertura y la reflexividad se presentan como 1 Con “apertura” me refiero a lo que en inglés se ha denominado “openess”. Las traduciones de los términos académicos y citas textuales son de mi responsabilidad.
características fundamentales de la democracia deliberativa.
3. ¿Democratización de la ciencia? Una visión general
En esta sección me centraré en introducir qué es la democratización de la ciencia y
cómo está ocurriendo en la actualidad. Finalmente, presentaré la reflexividad, el
diálogo y la apertura como elementos que definen la democratización de la ciencia.
En un sentido amplio, ‘democratizar la ciencia’ se relaciona con la inclusión de los
ciudadanos en los procesos de toma de decisiones sobre asuntos científicos. Sobre
todo en países del norte de Europa, en las últimas dos décadas se ha dado un giro
participativo en la política de ciencia y tecnología (Lengwiler, 2008; Jasanoff, 2003; Wynne y Felt, 2007). Este giro participativo ha sido promovido por académicos,2
grupos de ciudadanos (como movimientos sociales) y algunos políticos. Una idea
fundamental en la base de este giro es que la ciencia no es un “punto de vista desde
ningún lugar”. Al contrario, el conocimiento científico, como todo conocimiento, es
parcial, falible y en gran medida contextual. Consecuentemente, sus aplicaciones
pueden fallar o tener efectos indeseados o inesperados. Desastres como Chernobyl o
la encefalía espongiforme (conocida como “enfermedad de las vacas locas”) han
producido la desconfianza de la opinión pública en el conocimiento científico y en los expertos. Grupos de ciudadanos, académicos y algunos políticos han argumentado
que para un mejor manejo de los riesgos científicos, los ciudadanos deben ser
incluidos en la toma decisiones técnicas (es decir, en la producción de conocimiento).
Como se ha argumentado desde hace ya más de una década, esta inclusión dará
lugar a soluciones más eficientes, más democráticas o, de hecho, ambas cosas
(Funtowicz y Ravetz, 1993; Fisher, 2000; Nowotny et al., 2001).
En la práctica, el giro participativo en las políticas de ciencia y tecnología ha sido un fenómeno muy heterogéneo. En él ha estado involucrada una gran gama de actores,cuyas relaciones han tomado múltiples formas. En el nivel institucional, es reconocible una cierta preocupación por promover la democratización de la ciencia. Por ejemplo,marcos políticos internacionales como la Convención de Biodiversidad de las Naciones Unidas y su Protocolo sobre Bioseguridad, o el protocolo de Kyoto, contienen cláusulas en las que se enfatiza la importancia de incluir a la sociedad civil en la toma de decisiones. En Europa, en los últimos años la Comisión Europea ha subvencionado un gran número de proyectos destinados a facilitar los encuentros y colaboraciones entre ciencia y sociedad. En el nivel nacional, las iniciativas más notables han sido las conferencias del consenso organizadas en los países escandinavos, así como el “GM
Nation Debate” (debate nacional sobre biotecnología) organizado por el gobierno del
Reino Unido. Además, hay que señalar que la democratización de la ciencia se ha
convertido en un asunto central para muchos movimientos sociales. Una multitud de
grupos y redes de ciudadanos están emergiendo desde distintos sectores de la
sociedad civil. Estos grupos se organizan alrededor de cuestiones tecno-científicas
(sobre todo en relación a la salud y el medio ambiente). En muchas ocasiones, estos
grupos contratan a sus propios expertos. Activistas y expertos (que en muchas
ocasiones son expertos-activistas) se implican activamente en la producción de datos
científicos, poniendo en cuestión previas relaciones de confianza en los expertos, así como la autoridad científica y la legitimidad de las instituciones públicas. Un ejemplo notable de esta democratización de la ciencia desde abajo fue el “Foro Social Mundial de Ciencia y la Democracia: hacia un diálogo político entre científicos y movimientos sociales de todo el planeta”. Este Foro tuvo lugar en Brasil, en enero de 2009, y fue 2 Ver, por ejemplo, http://www.demos.co.uk/publications/paddlingupstream y Leach et al.
(2005).
una iniciativa de los representantes de organizaciones civiles y movimientos sociales
como Amigos de la Tierra o Gene Watch. El objetivo de este evento era, precisamente,
discutir lo que está en juego cuando hablamos de la democratización de la ciencia y la tecnología.3 Activistas y expertos-activistas ven este tipo de iniciativas ‘desde abajo’ como la esencia real de la democratización de la ciencia y presentan frecuentemente una visión crítica de las iniciativas institucionales, como el mencionado “GM Nation Debate”. Este tipo de iniciativas son entendidas como una estrategia ‘desde arriba’ que persigue restaurar la confianza pública en la ciencia y crear legitimidad, reproduciendo el statu quo. En esta disputa entre grupos civiles e instituciones, lo que está en juego es la misma definición de qué es realmente la ‘democratización de la ciencia’ y qué no lo es, y consecuentemente, la definición de quiénes deben ser los actores que lideren los nuevos procesos de ‘gobernanza científica’.
Este tipo de disputas entre movimientos sociales e ‘instituciones de expertos’ han
venido ocurriendo anteriormente. Como sucedió en la década de 1980 con el discurso
del desarrollo sustentable (Hajer, 1995), se puede identificar hoy en día un discurso
emergente sobre la democratización de la ciencia que es, en cierta medida, aceptado
y compartido por una gran gama de actores. Al mismo tiempo, este discurso despierta
gran oposición y controversia. Por ejemplo, los diferentes actores implicados en
procesos de democratización de la ciencia en Europa, en principio, estarán
probablemente de acuerdo con la noción de “buena gobernanza” de la Comisión
Europea, definida por ideales de “apertura, participación, responsabilidad, eficiencia y coherencia” (Comision Europea, 2001: 10). Sin embargo, el elenco de actores que están implicados en la democratización de la ciencia (incluida la Comisión y algunos movimientos sociales) probablemente tiene opiniones divergentes a la hora de dar contenido concreto y llevar a la práctica esos ideales. En otras palabras, existe un acuerdo general en que la democratización de la ciencia implica inclusión, diálogo plural y apertura para una mejor toma de decisiones en cuestiones de ciencia y tecnología. Sin embargo, mejores soluciones parece ser sinónimo de soluciones más eficientes para algunos, mientras que otros entienden que mejores decisiones son
aquellas a las que se llega mediante procesos inclusivos y reflexivos. En la arena
política, así como en la academia, existe escaso acuerdo sobre en qué medida, por
qué y cómo la democratización de la ciencia está teniendo lugar o debería tener lugar
(Delgado et al., 2010).
4. Diálogo, apertura y reflexividad: tres perspectivas académicas
Una gran parte de los sociólogos que se dedican a los estudios sociales de la ciencia y a los estudios del riesgo han descrito el giro participativo en las políticas sobre ciencia y tecnología (Nowotny et al., 2001; Jasanoff, 2003; Lengwiler, 2008). Algunos incluso hablan sobre la nueva gobernanza científica (Irwin, 2006). Estos autores han aportado diferentes interpretaciones sobre el mismo fenómeno y, en concreto, sobre el modo en que el diálogo, la apertura y la reflexividad intervienen y se entretejen en este giro. En esta sección del artículo presentaré mi interpretación de tres enfoques teóricos que han sido muy influyentes en el campo de los estudios CTS. Debe señalarse que mi intención no es presentar una descripción completa y sistemática de estos enfoques, sino mostrar cómo la democratización de la ciencia puede ser interpretada de diferentes maneras. Con este propósito se han seleccionado y enfatizado algunos elementos de cada uno de estos enfoques.
3 Véase http://fm-sciences.org/?lang=en
4.1. El enfoque optimista: Ulrich Beck y Anthony Giddens
Beck y Giddens son los autores clásicos de las teorías de la modernización reflexiva
(Beck et al., 1994). En este enfoque, un argumento básico es que la conciencia de la
crisis ambiental y tecnológica está influenciando un cambio, tanto en el nivel
institucional como en la esfera pública. Aquí llamo a este enfoque “optimista”, para
enfatizar una idea fundamental en la base de esta aproximación: que la crisis
ecológica y social producirá un cambio hacia una sociedad más reflexiva, inclusiva y
democrática. Se podría decir que la noción de crisis tiene una connotación positiva en este enfoque, en tanto que “cambio” significa oportunidad de movimiento hacia una
situación mejor. En este sentido, no se abandona la noción moderna de progreso. Sin
embargo, en la modernización reflexiva, las instituciones deberían tener una actitud
más dialógica y las opiniones de los ciudadanos deberían influenciar sustancialmente
la toma de decisiones políticas sobre asuntos que comporten riesgos tecnológicos.
Una característica fundamental de la “sociedad del riesgo” es que los riesgos están
distribuidos de forma desigual, creando (o re-creando) diferencias de clases y grupos
sociales. La modernidad reflexiva supondría una redistribución social de la
responsabilidad en la producción de riesgo, en tanto que los ciudadanos estarían
incluidos en la toma de decisiones.
Hay que señalar que en este enfoque el dominio de la producción de conocimiento
(la toma de decisiones sobre asuntos técnicos) está aún reservada a los expertos. Los
ciudadanos no son incluidos de forma directa en la producción de hechos científicos.
En gran medida, los hechos científicos siguen siendo considerados como poseedores
de un carácter objetivo y, en consecuencia, se sigue dando a la ciencia un rol
privilegiado en la toma de decisiones. Por otro lado, se entiende que la inclusión de los ciudadanos en el momento de la toma de decisiones políticas posibilita procesos democráticos y legítimos. Esto es, ciencia y política se entienden como esferas de acción relacionadas pero separables (ver la Tabla 1, incluida más abajo). Bajo este enfoque, la reflexividad aparece como conectada a la “conciencia sobre el riesgo”. Los diálogos entre expertos y ciudadanos in-forman las decisiones políticas con reflexividad. Finalmente, el cambio hacia prácticas más reflexivas facilitaría la
restauración de la confianza de los ciudadanos en las instituciones de expertos.
4.2. El enfoque pragmático
Helga Nowotny, Peter Scott y Michael Gibbons (2001) son los autores de la noción de
sociedad del Modo 2. Este enfoque se construye sobre la idea de que el conocimiento
científico, en el que se ha basado la toma de decisiones políticas en la sociedad
moderna, no es un conocimiento exacto, sino que es conocimiento limitado en incierto.
Además, muchas veces, la investigación no está orientada a servir a necesidades
sociales. Si la ciencia quiere tener una función relevante para la sociedad debe ser
guiada por esas necesidades. En otras palabras, las soluciones técnicas deberían ser
generadas desde los contextos político-sociales particulares y, al mismo tiempo, deben estar orientadas a contextos de aplicabilidad concretos. La investigación debería estar orientada hacia fines aplicados concretos (lo que en inglés se ha denominado “goaldriven research”). En este enfoque se enfatiza el carácter potencialmente productivo de las relaciones ciencia-sociedad. La utilidad social aparece como un asunto central que da valor a estas relaciones, legitimando el papel de la ciencia. Los no-expertos o legos adquieren un rol central en tanto que son no sólo ciudadanos, sino además usuarios de avances científicos y productos tecnológicos. En función a ese rol, los ciudadanos deberían ser incluidos no sólo en la toma de decisiones políticas sobre asuntos de ciencia y tecnología, sino también en la toma de decisiones sobre asuntos técnicos (es decir, deberían ser incluidos en los procesos de producción de conocimiento). La investigación cooperativa entre científicos y legos debería ser promovida con el propósito de facilitar procesos de innovación técnica más situados y acordes con contextos sociales específicos.4 Para Nowotny, Scott y Gibbons los diálogos plurales y abiertos entre científicos y ciudadanos añaden refexividad a los procesos de producción de conocimiento. El resultado de este tipo de diálogos será un “conocimiento socialmente robusto”, lo cual significa, en este contexto, que el conocimiento está informado por los valores de los ciudadanos. Sin embargo, el valor “utilidad” parece primar sobre otro tipo de valores en este enfoque.
4.3. El enfoque crítico y reflexivo
Brian Wynne, Sheila Jasanoff y Alan Irwin son los principales representantes de una
corriente interpretativa y critica dentro de los estudios CTS.5 En lo que sigue, llamaré a este enfoque “la batalla de los puntos de vista”. El argumento básico en este enfoque
es que el nuevo giro participativo en las políticas de ciencia y tecnología reproduce
viejos patrones de relaciones de poder-saber. Las propuestas y ejercicios deliberativos organizados por las autoridades tienen una apariencia de ser inclusivos cuando, en realidad, no solucionan sino que exacerban el problema fundamental de las relaciones entre ciencia y sociedad en la modernidad: que la ciencia ha disfrutado de un papel privilegiado en la toma de decisiones tanto en el nivel más técnico como en el político,de modo que los valores y puntos de vista de los ciudadanos han sido sistemáticamente excluidos. Usando diferentes medios, grupos de ciudadanos han contestado a esta exclusión. Este enfoque se construye sobre la idea de que existe una oposición de valores fundamental entre ciudadanos y gobiernos. A diferencia de Beck y Giddens, este enfoque rechaza la sugerencia de que la percepción del riesgo dará lugar a un cambio en las instituciones. Critican la idea de “reflexividad institucional”, es decir, que desde las instituciones se está construyendo un marco de políticas realmente participativas y reflexivas. Al contrario, estos autores argumentan que las propuestas y ejercicios deliberativos que se están llevando a cabo actualmente no están in-formados por valores puramente democráticos y de inclusión sino por una racionalidad instrumental. En otras palabras, estos ejercicios tienen como objetivo recuperar la confianza de los ciudadanos en la ciencia y la tecnología, y establecer nuevas formas de legitimidad sin cuestionar en profundidad las estructuras de poder que dan forma al conocimiento científico. Bajo esa lógica instrumental, las actuales prácticas deliberativas resultan un obstáculo, ya que cierran (en lugar de abrir) toda posibilidad de que surjan diálogos reales entre ciencia y sociedad. Desde este punto de vista se identifica la necesidad de diálogos realmente inclusivos entre ciudadanos y expertos, en los que los significados sociales de la ciencia y la tecnología se ponen
sobre la mesa y los valores se hacen explícitos. Los ciudadanos deben conducir los
desarrollos tecnológicos desde los primeros estadios de la investigación(investigación básica). En esto consistiría una apertura democrática real que facilitaría relaciones reflexivas de co-producción de conocimiento entre ciencia y sociedad. Como en el enfoque anterior (Modo 2), en este enfoque interpretativo y crítico la apertura tiene un valor en términos de creatividad. Sin embargo, hay una diferencia fundamental: en este enfoque se enfatiza la producción de significados, más que de productos útiles.
La reflexividad se relaciona con la capacidad de autocrítica y el escepticismo.
Estos tres enfoques se construyen sobre una misma idea fundamental: diálogos
plurales y abiertos entre ciencia y sociedad resultarán en procesos políticos más
reflexivos. Sin embargo, bajo cada uno de estos tres puntos de vista, las prácticas
deliberativas concretas serán interpretadas de formas muy diferentes. En la próxima
sección de este artículo desarrollo este punto centrándome en la descripción de un
caso concreto anteriormente mencionado, el “GM Nation Debate”.
4 Lo que Nowotny, Scott y Gibbons llaman “context embeddedness”.
5 Algunos trabajos muy influyentes han sido Wynne (1996 y 2006), Irwin (1995 y 2001),
Jasanoff (1997 y 2005).
5. Un debate nacional sobre biotecnología y tres interpretaciones
Comenzaré esta sección introduciendo el contexto histórico y social en el que se
originó el “GM Nation Debate”. En primer lugar, y a modo de aclaración, la
biotecnología comprende un conjunto de técnicas de ingeniería que posibilitan la
modificación genética. La agricultura ha sido uno de los principales sectores en los que se ha aplicado la ingeniería genética. Algunos cultivos genéticamente modificados
(como la soja y el maíz) han sido comercializados globalmente. Es interesante señalar
que en Europa (como también en países del “Sur”), la aplicación de la ingeniería
genética a la agricultura ha sido un asunto controvertido desde el comienzo.
Movimientos sociales, ONGs, asociaciones de consumidores y otros actores de la
sociedad civil se han opuesto a la biotecnología apelando a la salud y a los riesgos
ambientales. Por su parte, las autoridades europeas han reconocido, hasta cierto
punto, que la biotecnología aplicada a la agricultura conlleva riesgos e incertidumbres.6 En Europa, la fuerte oposición pública a la biotecnología ha hecho difícil su legalización. De hecho, el gobierno europeo tuvo que retrasar la legalización de los organismos genéticamente modificados en agricultura por medio de una moratoria de facto (Levidow y Carr, 2007; Binimelis y Strand, 2009). Durante todo este periodo, la Comisión Europea subvencionó un gran número de proyectos destinados a capturar y medir la opinión pública sobre los organismos genéticamente modificados. En 2003, el
gobierno del Reino Unido organizó una iniciativa pionera: el “GM Nation Debate”, el
cual fue el primer ejercicio deliberativo (o de diálogo entre ciencia y sociedad) sobre biotecnología a gran escala en Europa. Este ejercicio consistía en una serie de
eventos organizados por todo el territorio del Reino Unido, en los que participaron más de 1.000 ciudadanos, así como alrededor de cuarenta eventos regionales y 629
encuentros locales (Irwin, 2006). El objetivo de este ejercicio deliberativo era evaluar la seguridad y el impacto de los organismos genéticamente modificados, proporcionando “información significativa al gobierno sobre la naturaleza y la gama de puntos de vista del público” (Irwin, 2006: 110-111). Los resultados de este debate deberían ser usados en la toma de decisiones políticas, debiendo ayudar al gobierno en la toma de decisiones respecto de las posibles aplicaciones de la biotecnología (Jacoby, 2004).
La pregunta que esta sección pretende responder es: ¿cómo puede interpretarse el
“GM Nation Debate” desde los enfoques optimista, pragmático y crítico presentados
anteriormente? Al explorar esta pregunta me centraré en los tres elementos señalados
anteriormente: diálogo, apertura y reflexividad.
6 Véase http://ec.europa.eu/food/food/biotechnology/gmo_nutshell_en.htm

Tabla 1. Tres puntos de vista sobre el “GM Nation Debate”


“GM Nation Debate” en perspectiva
Diálogo: ¿dirigido a...?

“Modernización reflexiva”
Toma de decisiones sobre asuntos políticos.

“Sociedad del Modo
2”

Las dos esferas de acción (producción de cocimiento técnico y política están
conectadas).

“Batalla de puntos de vista”

Es imposible separar la tecnología de los valores y las relaciones de poder que le dan forma. Las dimensiones técnica y política son inseparables.

Apertura
Argumentos democráticos para el manejo de los riesgos
Creatividad:soluciones/innovaciones Revelación de valores implícitos y creación de nuevos significados


Reflexividad Conciencia del riesgo ‘Incrustación’
(“embeddeness”) en el contexto Autocrítica y escepticismo

5.1. El enfoque optimista: ¿el “GM Nation Debate” como modernidad reflexiva?El “GM Nation Debate” puede ser interpretado como un ejercicio de modernización
reflexiva promovido por el gobierno del Reino Unido. Las autoridades de este país
reconocían que los organismos genéticamente modificados eran arriesgados y las
consecuencias de sus aplicaciones eran inciertas. La conciencia del riesgo y de la
limitación del conocimiento científico influyó en la decisión del gobierno de que la
opinión pública debía ser incluida en la toma de decisiones. Por su parte, los
ciudadanos también percibían la biotecnología como un asunto arriesgado, por lo que
estaban dispuestos a participar en debates públicos, en diálogo con las autoridades.
En el “GM Nation Debate” se incluyó a los ciudadanos en la toma de decisiones
políticas. En el marco del debate, el diálogo estaba dirigido a evaluar la seguridad de
la biotecnología aplicada a la agricultura. Aunque los datos relevantes sobre
biotecnología fueron producidos por científicos, los ciudadanos podían contribuir al
debate político con sus opiniones. El resultado del debate tuvo impacto sobre las
políticas públicas (o al menos así se puede interpretar, teniendo en cuenta que sólo
uno de los tres cultivos genéticamente modificados en debate fue aprobado). Por lo
tanto, las decisiones tomadas en base a este debate pueden verse como legítimas y
posiblemente más efectivas. Se podría concluir que este fue un proceso reflexivo, por
medio del cual las autoridades probablemente ganaron en confianza y legitimidad.
5.2. El enfoque pragmático: ¿el “GM Nation Debate” como sociedad del Modo 2?
Si se interpreta este debate desde lo que aquí he llamado el enfoque pragmático, se
ponen de manifiesto otros ángulos de la relación diálogo/apertura/reflexividad. Para
que el “GM Nation Debate” pudiera ser caracterizado como un auténtico ejercicio de
Modo 2, el ejercicio debería haber sido diseñado para incluir a los ciudadanos en la
toma de decisiones técnicas (esto es, en las fases de la investigación y producción de
conocimiento y no sólo en la toma decisiones políticas). El diálogo entre ciencia y
sociedad en el nivel técnico hubiera resultado en una visión más reflexiva sobre los
riesgos e implicaciones de esta tecnología, en el sentido de más ‘incrustada en el
contexto’ (context embedded). Además, la participación de los ciudadanos debería
haber estado dirigida a encontrar aplicaciones socialmente relevantes y útiles de la
biotecnología. La inclusión de los ciudadanos en la producción de conocimiento sobre
biotecnología hubiera abierto vías hacia soluciones más creativas e innovaciones
socialmente robustas.
5.3. La visión interpretativa y crítica: ¿el “GM Nation Debate” como una batalla
de puntos de vista?
Si se lo interpreta desde este tercer enfoque, el “GM Nation Debate” llegó demasiado
tarde. Los ciudadanos deberían haber sido incluidos en la toma de decisiones en un
momento muy anterior, es decir, en el momento del diseño e inicio de las
investigaciones sobre organismos genéticamente modificados. El “GM Nation Debate”
aparece como una mera consulta a posteriori sobre las implicaciones de tecnologías
que de hecho ya existen y se aplican. Además, cuando este ejercicio fue organizado,
el gobierno del Reino Unido seleccionó a los participantes, los asuntos que debían ser
tratados, lo que debía ser definido como arriesgado y preocupante, así como los
términos en los que debería tener lugar el debate. Las autoridades quisieron presentar
el “GM Nation Debate” como un ejercicio abierto (en el sentido general de inclusión de
una pluralidad de puntos de vista). Sin embargo, tal y como fue diseñado por el
gobierno del Reino Unido, en la práctica este ejercicio cerraba posibilidades de un
diálogo real entre ciudadanos y expertos. El gobierno impuso sus propios valores y
preocupaciones, excluyendo los de los ciudadanos. Para que este ejercicio
deliberativo hubiera sido realmente reflexivo, el gobierno no debería haber impuesto su
visión de asunto, sino que los ciudadanos deberían haber sido capaces de decidir
cuáles eran las cuestiones importantes en torno a los organismos genéticamente
modificados en sus propios términos y en una fase temprana de la investigación. Este
tipo de apertura a los diferentes puntos de vista hubiera posibilitado un proceso
deliberativo reflexivo y de calidad. Una relación realmente reflexiva entre la ciencia y la
sociedad conllevaría diálogos plurales en los que los significados sociales de las
tecnologías emergentes, como la biotecnología, se explicitan y los valores son
negociados.
A modo de sumario, en esta sección del artículo he intentado apuntar cómo, a pesar
de que existe un acuerdo general sobre que los diálogos abiertos y plurales
posibilitarán procesos políticos más reflexivos, el juego entre apertura, diálogo y
reflexividad puede ser interpretado de diferentes maneras bajo distintos enfoques. En
cualquier caso, hay que señalar que en los estudios sociales sobre la ciencia (como en
los tres enfoques mencionados aquí), la reflexividad se ha usado como un elemento
discursivo recurrente a la hora de dar argumentos tanto a favor como en contra de las
prácticas participativas en políticas de ciencia y tecnología (Nowotny, 2007). La
reflexividad (o la falta de ella) se ha usado para evaluar la calidad de los ejercicios de
participación pública. En otras palabras, en los estudios sociales sobre la ciencia, la
reflexividad se usa frecuentemente para determinar lo que debe contar (y lo que no
debe contar) genuinamente como procesos de democratización de la ciencia.
6. Democratizar la ciencia: dilemas
En la sección anterior presenté tres enfoques teóricos sobre la democratización de la
ciencia. En esta sección presentaré algunos dilemas prácticos que presenta la
democratización de la ciencia definida en términos de diálogo, apertura y reflexividad.
Para ilustrar mis argumentos seguiré usando el ejemplo de los organismos
genéticamente modificados. Sin embargo, tomaré un nuevo punto de vista,
posicionándome hipotéticamente como un profesional crítico ‘practicante’ de ejercicios
de participación pública.
Figura 1

Fuente: http://www.dreamstime.com/
En los últimos años, los académicos que se dedican a los estudios sociales de la
ciencia y la tecnología (CTS) se han implicado crecientemente en prácticas de
participación pública, tomando un papel activo en el diseño y la organización de
ejercicios deliberativos. Digamos entonces, a modo de experimento imaginario, que yo
estuviera en un equipo de investigadores en el campo CTS. Dicho equipo es
responsable de desarrollar, conducir y evaluar un diálogo de ‘alta calidad’ entre ciencia
y sociedad. Digamos que el gobierno del Reino Unido está emprendiendo este
ejercicio con el propósito de que sea más reflexivo de lo que fue el “GM Nation
Debate”. Involucrada en esa situación, probablemente no tendré tiempo para eternas
reflexiones teóricas. Con el propósito de ser pragmática tomaré como punto de partida
el principio que es generalmente aceptado en la comunidad CTS, es decir: diálogos
abiertos y plurales posibilitarán procesos políticos más reflexivos. Este principio guiará
mi práctica, pero finalmente, también me llevará a una serie de dilemas.
En primer lugar, mi práctica estará guiada por el ideal de apertura. A mi entender, el
ejercicio dialógico del que soy responsable debería estar in-formado por valores de
democracia e inclusividad, en lugar de estar in-formado por una racionalidad
instrumental (estando, por ejemplo, orientado hacia la restauración de la confianza de
los ciudadanos en las instituciones de expertos). Pero, incluso si la democracia y la
inclusividad son mi regla, yo querría que este diálogo entre ciencia y sociedad tuviera
un impacto real y crítico en las políticas públicas sobre biotecnologías en el Reino
Unido. Por lo tanto, en la práctica mis decisiones y elecciones también están informadas
por una lógica instrumental.7 Es importante señalar que si el diálogo está
orientado a la toma de decisiones, la apertura a diferentes puntos de vista no puede
prolongarse, sino que en algún momento hay ‘clausurar’. En otras palabras, los
actores implicados deberán alcanzar una conclusión o algún tipo de consenso, de
forma que sea posible tomar una decisión. Digamos, sin embargo, que a medida que
este ejercicio deliberativo procede, yo me doy cuenta que no se está llegando a ningún
consenso sino que, en vez de eso, el diálogo entre expertos, ciudadanos y políticos
sigue abriendo nuevos debates y controversias. Los actores implicados tienen puntos
7 En el sentido de que los fines están fijados de antemano y, por lo tanto, no son objeto del
proceso de negociación. Para una discusión más detallada sobre este punto véase Stirling
(2008).
de vista irreconciliables y se ponen sobre la mesa cada vez más incertidumbres y
problemas sobre organismos genéticamente modificados. En un primer momento, yo
tenderé a pensar que este ambiente de controversia es algo muy positivo, porque esta
apertura favorece la emergencia de nuevos argumentos, ideas y significados y dota a
la toma de decisiones de una dimensión reflexiva. Sin embargo, tras algún tiempo,
comenzaré a darme cuenta de que tomar una decisión se está convirtiendo, de hecho,
en una tarea imposible. La controversia puede frustrar o complicar (en lugar de
facilitar) procesos democráticos y abiertos de toma de decisiones, en la medida que
aumentan los niveles de incertidumbre. Por lo tanto, en mi papel como ‘practicante’
que trabaja para el gobierno, empieza a resultarme obvio que en algún momento
tendré que ser yo la persona que decida cuándo se debe cerrar el diálogo,
estableciendo que el cocimiento alcanzado durante la deliberación (sea por consenso
o no) es suficiente y válido para ser usado en la toma de decisiones. En esta situación,
mi papel ha consistido en gran medida en bascular y lidiar con una tensión
fundamental entre ‘cerrar’ y ‘abrir’ el diálogo.8 Como ‘practicante’, el mayor problema
para mí es cómo encontrar criterios, justificaciones o mecanismos para decidir cuándo
y cómo abrir/cerrar. ¿Cómo podría yo asegurar que los criterios que estoy usando son
aceptables (legítimos) y, por lo tanto, que el diálogo entre ciencia y sociedad que estoy
conduciendo es reflexivo?
Otros problemas relacionados con la ‘apertura’ y la ‘clausura’ aparecerán a lo largo
del ejercicio, por ejemplo: ¿A quién se debe incluir (y a quién excluir) en el diálogo y en
qué momento? ¿Deberían ser incluidos los ciudadanos en el momento del diseño del
ejercicio deliberativo? Probablemente, mi tendencia sería a pensar que sí, puesto que
dicha inclusión in-formará el proceso con reflexividad (en el sentido de facilitar un
proceso más auto-crítico). Pero una vez aceptado esto, el dilema se vuelve a repetir:
¿quién debe ser incluido en la fase de diseño del ejercicio y quién deber ser incluido
en la fase de desarrollo (en el debate en sí)? ¿Qué sectores del público? ¿Cuánto
debería abarcar este ejercicio? ¿Hasta dónde debería llegar la participación?9 Para
lidiar con la dificultad de seleccionar los sectores del público a incluir, podría elegir al
menos cinco criterios: a) ciudadanos que están preocupados (por ejemplo por los
posibles efectos de los organismos genéticamente modificados sobre su salud); b)
ciudadanos que tienen un conocimiento relevante sobre biotecnología; c) ciudadanos
que aún no tienen conocimiento pero están interesados en el asunto; d) ciudadanos
que han tomado la iniciativa y se han organizado en torno a esta cuestión de los
organismos genéticamente modificados (por ejemplo, en forma de movimientos
sociales u organizaciones como Gene Watch); e) simplemente ciudadanos comunes,
porque todos los ciudadanos tienen derecho a participar ya que todos son
potencialmente “stakeholders” (son “partes interesadas” en tanto que sobre ellos
recaerán las consecuencias de la biotecnología). Yo podría optar por cualquiera de
estos criterios, pero cualquiera que sea mi elección, ésta me llevará a una serie de
nuevos dilemas y paradojas. Por ejemplo, digamos que selecciono a ciudadanos que
tienen un conocimiento relevante (opción b). La paradoja más obvia será: si
aceptamos que el conocimiento sobre los organismos genéticamente modificados es
incierto, ¿cómo puedo yo determinar lo que es conocimiento relevante? Esta cuestión
va relacionada con dilemas de carácter práctico. Digamos que tomo la decisión de
seleccionar a individuos que, desde mi punto de vista, tienen un conocimiento
relevante, junto con ciudadanos que están preocupados o interesados en la
biotecnología. ¿Hasta qué punto sería apropiado incluir a todos esos ciudadanos
igualitariamente en la toma de decisiones sobre asuntos que tienen un marcado
carácter técnico? (por ejemplo, evaluar si el uso de organismos genéticamente
8 Para una reflexión detallada sobre esta tensión véase Stirling (2007).
9 Para una discusión más completa sobre la extensión que debería tener la participación véase
Collins y Evans (2002).
modificados en agricultura se relaciona con procesos de erosión de suelo).
Imaginemos que priorizo a grupos de ciudadanos auto-organizados, como por ejemplo
movimientos sociales; la pregunta aquí sería: ¿hasta qué punto son esos grupos
representantes del ‘público’ en general y hasta qué punto representan a sectores e
intereses particulares del público? (Michael, 2009). En la práctica, el dilema de a quién
se debe incluir deriva del hecho de que, por un lado, alguien que pertenezca al
“público en general” puede no estar interesado o no tener mucho conocimiento
específico sobre biotecnología. Sin embargo, por otro lado, los movimientos sociales y
otros grupos de ciudadanos preocupados podrían ser percibidos como poseedores de
un punto de vista demasiado mediado por ideologías e intereses que cerrarían el
alcance del diálogo (Evans y Plows, 2007). Hasta este punto he presentado algunos
de los dilemas prácticos que tienen que afrontar los investigadores que se dedican a
las prácticas de participación pública en asuntos de ciencia y tecnología, aun cuando,
desde el punto de vista teórico, los ideales democráticos de inclusión, reflexividad y
apertura aparezcan, en principio, como nociones no problemáticas.
7. Conclusiones
Centrándose en tres elementos –diálogo, apertura y reflexividad-, este artículo ha sido
una reflexión sobre la democratización de la ciencia. Esta reflexión se ha hecho desde
tres posiciones:
• “Desde ahí fuera”: describiendo procesos políticos de la nueva gobernanza
científica y apuntando a algunas controversias que estructuran estos procesos.
• “Desde aquí”: interpretando cómo se entiende la democratización de la ciencia
desde tres perspectivas académicas.
• “Desde allí dentro”: tomando la posición de un investigador que se dedica a la
práctica y organización de ejercicios de democratización de la ciencia.
Al presentar los argumentos de este modo, se subraya que no existe una
democratización de la ciencia, sino que la democratización de la ciencia es un proceso
heterogéneo en el que distintos actores, motivaciones y valores están implicados. La
democratización de la ciencia es un discurso común, en tanto que refiere a ideales de
apertura, pluralidad y diálogo. Al mismo tiempo, es un discurso contestado, en tanto
que los diferentes actores implicados difieren en sus interpretaciones y acciones.
Estos actores compiten por definir cómo debería ocurrir la democratización de la
ciencia y quiénes deberían ser los protagonistas de este proceso.
En la academia, tanto como en arenas políticas, generalmente se acepta que
diálogos plurales y abiertos entre ciencia y sociedad resultarán en procesos políticos
más reflexivos. Sin embargo, esta misma idea está sujeta a diferentes interpretaciones
dependiendo del punto de vista que se adopte. Es importante señalar que cada punto
de vista lleva implícitos una serie de presupuestos y valores. Por ejemplo, algunos
procesos de democratización de la ciencia pueden estar in-formados por el deseo de
empoderar a sectores sociales tradicionalmente excluidos o por valores utilitarios, por
caso, por el deseo de las instituciones de recuperar la confianza de los ciudadanos. A
su vez, estos ‘racionales’ (rationales) implícitos condicionarán los procesos de
democratización de la ciencia en la práctica, por ejemplo, en lo que concierne a las
decisiones sobre qué sectores de la ciudadanía deben ser incluidos o en qué fase del
proceso de producción de conocimiento debe ocurrir esta inclusión. La manera
democrática de democratizar la ciencia sería mediante la explicitación y negociación
de la pluralidad de motivaciones y ‘racionales’ que informan procesos concretos como
el “GM Nation Debate”.
En la academia, tanto como en la política, también existen diferentes puntos de vista.
Lo relevante en ese sentido es que cada punto de vista lleva a una opción
metodológica que se relaciona con una serie de paradojas y dilemas. En la última
parte de este artículo he presentado una serie de paradojas y dilemas de carácter
práctico que se relacionan con ideales de apertura, diálogo plural y reflexividad.
Poniéndome hipotéticamente en el lugar de un practicante crítico de ejercicios de
democratización de la ciencia, he querido mostrar la complejidad que conlleva cada
elección práctica. Se pone de manifiesto que, en la práctica, ideales como la apertura,
el diálogo, la pluralidad o la transparencia no proporcionan “prescripciones definitivas”
sobre cómo conducir ejercicios participativos. En ejercicios participativos concretos, la
apertura, el diálogo, la pluralidad, la transparencia y la reflexividad pueden funcionar
como principios regulativos que orientan las prácticas, sin ser rígidos objetivos fijados
de antemano. En este sentido, se puede cuestionar hasta qué punto la reflexividad
debe ser impuesta como un criterio fundamental para evaluar la calidad de los
procesos de democratización de la ciencia (como se ha hecho comúnmente desde los
estudios sociales de la ciencia y la tecnología) o si es necesario crear nuevos criterios
de calidad más inclusivos, que estén sujetos a negociación, siendo el producto del
diálogo y de la experiencia de las prácticas deliberativas concretas.
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